A
lo largo de la historia universal del arte, el oro ha sido relacionado con la
riqueza y el poder; con lo solar y lo divino. En la tradición cristiana, este pensamiento
tiene su antecedente en la filosofía neoplatónica durante la Edad Media. Fue el
padre de la filosofía escolástica Santo Tomás de Aquino, quien relacionó la
brillantez y luminosidad de lo áureo con la bondad y el resplandor de Dios.
Este simbolismo favoreció la significación teológica del oro como material
reflectante e incorruptible en la elaboración de obras pictóricas,
escultóricas, retablos, vestimentas y objetos de culto. En los relieves de los retablos y en los
fondos de las pinturas, el oro literalmente “materializaba” la presencia de lo divino parta
recrear un espacio y un tiempo que no eran humanos sino metafísicos.
¿Y
qué hay del simbolismo relacionado a la fortuna y al poder? La investigadora Janeth
Rodríguez Nóbrega nos dice en su ensayo “El oro en la pintura de los reinos de
la monarquía española. Técnica y simbolismo”, lo siguiente: “aunado a estas
metáforas estéticas y teológicas se sumaron las nociones de prestigio y riqueza
que el oro tenía como valor económico (…) de tal modo que, el cuadro, además de
poseer funciones devocionales y de proporcionar placer visual, ejercía un rol
propagandístico, en el cual se exteriorizaba la riqueza como un bien
transmitido por Dios.” Es decir, cubrir de oro altares y retablos contaba con
el beneplácito divino.
Por
influencia de la alquimia entre los siglos XIV y XVI, al oro se le relacionó
con cualidades como la perfección, la belleza y la pureza. Esta forma de
pensamiento permaneció vigente durante gran parte del Renacimiento aún cuando tratadistas
de la Italia del Quatrocento como el
arquitecto León Battista Alberti comenzaron a cuestionar la aplicación del oro
en el arte como metáfora de lo bello. En su lugar, se estimó como más meritorio
por parte del artista el dominio de la técnica y las cualidades ilusionistas en la representación
de la realidad. Llegaba a su fin la concepción del espacio místico en la
pintura.
La
misma investigadora nos explica el cambio histórico que experimentó el
simbolismo del oro en el arte después del Renacimiento: “el gusto por el dorado
comenzó a ser juzgado como propio de las personas incapaces de apreciar las
excelencias del arte, seres de baja condición que se dejaban deslumbrar por el
efecto de preciosidad, brillo y ostentación.” Resultado: a partir del siglo
XVII la presencia del dorado en la pintura se redujo drásticamente, aunque su predilección
continuó en el mundo hispánico para retablos, objetos devocionales, litúrgicos
y decorativos.
Del
siglo XIX hasta nuestros días, si bien es aún es válida la metáfora del oro
como manifestación de la riqueza y del poder, su utilización en el arte e
incluso, la decoración, se reviste de una
suspicacia que esconde cierto dejo de desprecio ¿A caso no lo relacionamos hoy
en día con la ostentación, la vulgaridad, el mal gusto y el exceso? ¡Qué lejos han
quedado los días en que era sinónimo de belleza y de bondad, de lo divino y lo
solar! Nuestras interpretaciones sobre los objetos cambian, aún cuando éstos, físicamente,
permanecen.
IMAGEN: Daniela Rosell. Ricas y famosas (Last Supper), 2002. C-Print. 30 x 40 pulgadas. Derechos reservados a la fotógrafa.
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