La primera de las grandes mentiras que he
escuchado acerca de la cultura es sobre su carácter elitista, incomprensible,
actividades propias de los ratones de biblioteca o esnobs de la ópera y del
ballet. Esta postura afirma que los beneficios culturales sólo sirven a los
artistas y comerciantes del arte, a los que asisten a conciertos y exposiciones
artísticas. Desde este punto de vista, la promoción e inversión en cultura es cuestión
de manirrotos desocupados que no conocen las verdaderas necesidades del
pueblo.
Una segunda mentira que he escuchado una y
otra vez sobre cultura y desarrollo social es que una comunidad no debería
tener acceso a lo “superfluo” cuando aún no ha solucionado sus necesidades
básicas. Se cree que primero hay que inaugurar hospitales y escuelas,
pavimentar calles y tender alumbrado público y que después, una vez logrado
todo esto, tal vez se pueda llegar a considerar el construir conservatorios, universidades,
teatros, bibliotecas, museos…sí y sólo sí, todos tienen su canasta básica
competa.
Por último, la tercera mentira que circula
por ahí sobre este tema es que para los niños y jóvenes estudiar alguna
disciplina artística, cultural o humanística es una pérdida de tiempo. Este
argumento juzga a los intelectuales como mantenidos sin nada mejor que hacer, llama
ilusos a aquéllos que patrocinan las artes, la creación o la investigación y
considera engorrosa e inútil la labor de rehabilitar antigüedades y vetustos edificios
(¿no sería mejor tirarlos y ya?). Esta
mentira sostiene que lo que este país realmente necesita son jóvenes dedicados
a ocupaciones de las llamadas productivas, carreras modernas y económicamente
rentables.
Héctor Ariel Olmos nos dice en su libro Cultura: el sentido del desarrollo lo
siguiente: “Hoy, en diversos foros internacionales de política cultural, se
afirma y se promueve la concepción de cultura como dimensión esencial del
desarrollo integral de los pueblos y se ostenta, como principio universal, la
promoción de los derechos culturales como parte fundamental de los derechos
humanos, elemento ineludible de las nuevas formas de relación de los individuos
y las comunidades”.
El fenómeno de la cultura es un eje
transversal que cruza todos los campos de lo humano: economía, política,
academia, turismo, entretenimiento, educación, ciencia, historia, sociedad y un
larguísimo etcétera. La cultura no es un medio al servicio de un fin, en este
caso el llamado progreso social, sino
que es un bien valioso por sí mismo. La cultura es dinámica y es diacrónica,
anida en lo profundo de nuestras identidades pero se nutre de la innovación.
La cultura no tiene un papel instrumental
sino que es la base de los mismos fines que persigue. Ante la disyuntiva
¿hospital o museo? No hay opción, se debe invertir en los dos, al mismo tiempo.
La cultura es un aspecto intrínseco al desarrollo social, no un resultado
obtenido a partir de de éste o un paso previo para alcanzarlo. La cultura nos ayuda a construir sentido del mundo, y para mí, no puede haber mejor
argumento que éste.
Imagen: Alexandra Grablewski. Paper dolls. Getty Images.
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