A mí me gustan los museos. Realmente disfruto
visitarlos. Con gran fortuna encontré mi vocación y desde mi primer empleo trabajé
en ellos. Me gustan no sólo porque en un museo podemos acceder como visitantes a
experiencias estéticas y de conocimiento que en ninguna otra parte podríamos
encontrar, sino también porque como trabajador de museos, gracias a
su existencia puedo rescatar, interpretar y transmitir narrativas sobre el arte,
la ciencia y la historia mediante recursos que en ningún otro lado podrían ser posibles.
Sin embargo, también está el otro lado de la
moneda. Sufro cuando voy a los museos. Y cuando digo sufro, es que realmente
hay sufrimiento. Sufro cuando veo el potencial
desperdiciado de una exposición en textos y objetos acumulados sin sentido en paredes
y vitrinas. Sufro cuando los museos son demasiado grandes, inacabables, tan
prepotentes en sus dimensiones que la dimensión humana les tiene sin cuidado.
Sufro cuando los turistas pasean ciegos y apresurados, corriendo como si de un
centro comercial se tratara. Sufro cuando los guías cuentan mentiras, cuando
sus salas están sucias, descuidadas, cuando sus discursos son aburridos y
tediosos, y sobre todo cuando no se para ni una moca. De verdad, se los juro, sufro
mucho.
Por eso, me llamó poderosamente la atención
la columna de James Durston, productor ejecutivo de CNN Travel, quien hace cosa
de una semana se atrevió a decir: "No finjas más, en el fondo todos
odiamos los museos ¿por qué?". Si pueden dedicar unos minutos a esa lectura, por favor, háganlo. Este texto es
una rareza digna de ser revisada con la mayor atención posible debido principalmente
a que proviene de un no especialista
con libre acceso a un medio de difusión internacional y bilingüe que se las da
de tener lectores muy críticos. El artículo escrito en un plan desacralizador –tan de moda está ya
tirar de los pedestales a los mitos de nuestra modernidad que CNN se permite
tener esta línea editorial-, intenta fallidamente contar con la simpatía y
complicidad del lector señalando acusatoriamente que si nos gustan los museos, debemos de estar fingiendo.
Aparentemente Durston, después de haber
visitado todos los museos a su disposición como corresponsal de CNN –y al
parecer han sido muchos-, no ha logrado encontrar siquiera uno que llenara sus
expectativas. Su decepción es tal que acabó agarrándoles fobia. Incluso, en su
texto llega a calificarse a sí mismo como “museófobo”. Cuando leí su columna
por primera vez, pensé: “Caray, qué mala suerte, este pobre hombre realmente ha
visitado los peores museos del mundo”. Pero detrás de esto ¿qué hay? ¿De verdad
los museos son tan horribles? ¿Son “cementerios de objetos, tumbas para cosas
inanimadas” tal como el mismo autor lo expresa? ¿Habrá por ahí un fenómeno de “museofobia”
sin explorar? ¡Ojo! A mí me parece que sí lo hay. Por eso, leamos
cuidadosamente.
Extraigo el siguiente comentario de James Durston,
donde después de denostar alegremente a los museos por el sólo hecho de ser
museos, matiza un poco su opinión de la siguiente manera: “Está claro que las
instituciones que están detrás de los museos son valiosas. Son el cordón
umbilical que une a la historia de nuestro planeta con el futuro. Sin embargo,
dentro de esas criptas, la conexión con la humanidad se queda corta. ¿Dónde
está la "musa" en todos esos museos? ¿Dónde está el drama?”.
Pero ojo, que no es por dar del todo la razón
a James Durston sobre la “museofobia”. Pero podría coincidir con él respecto a
la falta de emoción y de pasión en algunos de nuestros museos. Que quede claro
que el autor sólo está hablando de los museos que son aburridos ¿verdad? que no son todos ¿o sí? Estoy segura que ahí
afuera hay museos que aún tienen la emoción y la pasión necesarias para
comunicar historias, interpretar objetos y entregar experiencias memorables a sus
públicos. Entonces, ¿por qué generalizar? ¿No es injusto afirmar que TODOS los
museos son mausoleos?
Al respecto, J. Durston nos da un consejo,
que me parece no deberíamos desechar del todo: “(…) los museos tienen que dejar
de depender del supuesto valor intrínseco de sus colecciones. No
"exhiban" cuando deberían de presumir. Denme una historia.
Muéstrenla, no la cuenten.” En efecto, la narrativa es la forma más antigua de
comunicación. Sin embargo, como curadores, investigadores y museólogos, a veces
se nos olvida cómo contar una buena historia. Cuando nos dice que mostremos la historia, el autor nos está
pidiendo que la hagamos viva, accesible, contemporánea, en fin, que el
visitante pueda ser parte de ella, que se apropie, que la haga suya. Lo mismo
diría que es válido para comunicar el arte o la ciencia ¿no les parece?.
En ese sentido y ya para concluir, quisiera
rescatar el siguiente párrafo donde el autor continúa casi mendigando un poco
de atención de estos museos tan malos: “No puedo afirmar que tengo las soluciones, pero tengo ciertas
expectativas cuando viajo al pasado cada vez que visito un museo, quiero sentir
que estuve allí cuando esas cosas vivían o se usaban, sentir que los fantasmas
del pasado me toman de la mano y me muestran el lugar.”
¿Así o más claro, estimados colegas?
Me parece que desde el punto de vista del
visitante, si le falla un museo, le están fallando todos. Es difícil creer que
el público vaya a esforzarse en ir al siguiente museo y al siguiente hasta ver
cuándo encuentra uno que sí le guste o que sí lo trate bien. La primera
impresión es crucial. Si un visitante se aburre en un museo no dirá: me ocurrió
en tal o cual parte, sino que posiblemente generalizará diciendo: todos los museos son aburridos, como le
pasó al pobre Sr. Durnston. He ahí la tarea pendiente, habrá que ponerse más
serios queridos museos (sin ser aburridos, por favor).
Imagen: Daniel Craig en el interior de la National Gallery (Londres), still de la película 007. Operación Skyfall (2012)
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