Nos decía un
profesor de la Licenciatura en Restauración que en la
limpieza de bienes culturales: “más valía dejar una buena mancha que hacer un mal hoyo”. Es decir,
que más valía dejar un poco de mugre en la superficie de una pintura de
caballete –pongamos como ejemplo-, que seguir tallando y desgastando la obra como si
quisiéramos llegar hasta la misma tela de soporte. El profesor quería
advertirnos, de una manera muy coloquial, sobre la credulidad, la soberbia y el exceso de confianza, todo esto para no terminar “sacando el cobre” como le ocurrió a Arturo
Javier Marina Othón, el infame artífice de la reciente intervención a la
estatua del rey Carlos IV a la que todos llamamos “El Caballito”.
La intervención
realizada por la compañía “Marina. Restauración de Monumentos” al amparo del
Gobierno del Distrito Federal y el Fideicomiso del Centro Histórico, resulta a
todas luces excesiva. Los profesionales de la restauración saben que bajo
ciertas circunstancias hasta el agua destilada podría resultar dañina, no se
diga un ácido nítrico en solución al 30% aplicado a una aleación de bronce de
poco más de 200 años de antigüedad. Esto me parece hasta de mera prudencia y
sentido común. Evidente que el señor Marina Othón desconoce ambas. Sin embargo,
en su comunicado a la
prensa nacional con fecha del 9 de octubre pasado, argumenta que sabe todo acerca de la intervención de monumentos urbanos en la ciudad de
México, que cuenta con las credenciales que le da el ser un “apasionado de la
Historia Patria” –así con mayúsculas, lo que ya nos da una idea de su
concepto de historia-, y que sus métodos son los del escultor Ricardo Ponzanelli. Cito de su comunicado: “Ni todos los ‘especialistas de escritorio’
de los institutos y organismos relacionados con la preservación del arte en
bronce superan la experiencia y sabiduría del apellido Ponzanelli.” ¡Toma ésa
Instituto Nacional de Antropología e Historia!
Normalmente no me
enfrasco en las discusiones sobre los temas del momento, pero ha sido tal la
expectativa suscitada por este caso, que realmente me vi compelida a expresar
mi opinión no tanto sobre la “limpieza” en sí del “El Caballito”, ni sobre las
posibles responsabilidades de los involucrados, sino sobre el fenómeno de
opinión alrededor del mismo: ¿Qué es lo que tanto nos molesta? ¿La inexperiencia de la empresa contratada por
el Fideicomiso del Centro Histórico? ¿Su falta de credenciales, la ausencia de
permisos en regla, la complicidad de las autoridades? ¿Su acusado mal gusto y
el desinterés de quienes lo vieron errar frente a sus propias narices? ¿La
ausencia de criterios normalizados, el desprecio a la profesión del restaurador
y lo irreversible del daño causado por una técnica errónea de intervención? Me parece que es todo eso, y a la vez, nada
de lo anterior. La incomodidad, la indignación y el cuestionamiento van más
dirigidas a evidenciar el vacío dejado por una autoridad laxa y permisiva, más que a señalar la
equivocación de un sujeto contratado por el mismo sistema.
Siendo así, y a
pesar de todo esto, mantengo un punto de coincidencia con el comunicado de prensa
del señor Arturo Javier Marina Othón. En éste, cuestiona la indiferencia,
desinterés e incluso elitismo de las mismas autoridades que lo han contratado, cito nuevamente: “(…) si como se especifica en la Ley Federal de Monumentos,
corresponde al INAH e INBA la protección, conservación y restauración de
monumentos, ¿DÓNDE HAN ESTADO ELLOS?” (Las mayúsculas son del documento original).
Imagen: Cartón de Nerilicón para el periódico "El Financiero". 9 de octubre del 2013.
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