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ATHANASIUS KIRCHER. Ars magna lucis et umbrae, 1646 |
A partir de Walter
Benjamin, mucho se ha hablado acerca de la obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica. De acuerdo a este autor, la fotografía y el cine han
puesto en crisis la autenticidad del objeto único, desvinculándolo para siempre
de la imagen ritual y de la tradición. Basta
decir que desde el siglo XIX las técnicas de reproducción de la obra artística modificaron
la relación de la sociedad con el arte, es decir, que perturbaron de manera
irreversible el aura del objeto, entendida ésta como la manifestación irrepetible de una lejanía relacionada a valores
intrínsecos como la originalidad, la perennidad y la autoría.
Sin embargo, me
parece que poco se ha comentado acerca del observador frente a las grandes
transformaciones de la imagen durante el siglo XIX. Transformaciones que fueron
más allá de los cambios en la apariencia y los medios de difusión, revoluciones que perfilaron no sólo la posibilidad de la reproducción sino incluso
su deseabilidad y condición necesaria.
¿Cómo impactó la
nueva cultura visual al observador del siglo XIX cuando fue capaz,
por poner sólo un ejemplo, de ver su propia imagen en la bruñida superficie de
un espejo fotográfico llamado daguerrotipo? ¿Surgió un nuevo tipo de observador
en el siglo XIX? ¿Es el observador del siglo XX producto de aquél?
Haría falta realizar
una construcción histórica de la visión como
la que Jonathan
Crary nos sugiere en su libro “Las técnicas del observador” (2008). El autor
establece que el problema del
observador es el campo en el cual se materializa la visión en la historia, donde
ésta se hace visible. Un sujeto observador es a la vez el producto histórico y
el lugar de origen de ciertas prácticas, técnicas, instituciones y
procedimientos. En resumen, la
abolición de la mayor parte de los códigos visuales establecidos en términos de
representación en siglos anteriores llevó a una vasta reorganización del conocimiento y de las prácticas
sociales en el siglo XIX y en otros siglos por venir.
Tan sólo recordemos
que en el XIX tuvieron lugar las transformaciones más amplias e importantes en
el campo de la visión de toda la historia moderna. La divulgación masiva de la
litografía desde su invención en 1798, el
desarrollo de la fotografía después de 1839, la pintura modernista de las
décadas de 1870 y 1880, y la invención del cinematógrafo en 1890 fueron tan
sólo el inicio de una ruptura que ganaría mayor fuerza durante el siglo XX
con la difusión y proliferación de la fotografía, el
cine, la televisión y el internet.
Por lo tanto,
las técnicas del observador de los siglos XIX, XX y XXI coincidirían en cuanto
a ser producto de una historia de larga
duración que si bien tuvo su inicio en la posibilidad de reproductibilidad
técnica de la obra de arte y, por ende, de la consecuente pérdida del aura; tienen
su finalidad y propósito en la repercusión que estas transformaciones han
tenido hasta nuestros días como formas de representación y construcción de la
mirada ampliamente aceptadas.
Más reflexiones sobre
las grandes transformaciones de la visión a partir de la invención de la
litografía, la fotografía y el cine, serán revisadas en mi curso “La Materia
del Arte” que se imparte en el mes de noviembre en el Museo Arocena.
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