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Eric Van den Brullen. Museo del Louvre. Getty Images |
Rodeados
de objetos, determinados por su uso y consumo, pareciera que como sociedad no podemos
escapar fácilmente a su asedio, a su implacable dominio. Creados en un
principio para servir a un propósito, actualmente me parece que los papeles se
han invertido y el usuario, ahora llamado consumidor, es quien se ve en la
posición de "servir" a sus propiedades. Desear, adquirir, poseer,
consumir…son acciones destinadas a reforzar un impulso que, al permanecer
continuamente insatisfecho, condena los objetos a una caducidad anticipada y a
nosotros a un círculo infinito de frustración.
Si
la producción y el consumo desmedido, el olvido y la eliminación son parte del destino
último de los objetos ¿por qué los museos se esfuerzan en desviarlos de su ruta
natural hacia la obsolescencia?
Difícil
dar una sola respuesta, pero al respecto, la conservadora Bárbara Applebaum nos
hace la siguiente observación: eventualmente el caos consumirá a todos objetos,
sin importar su origen o valor. Las instituciones culturales (museos, archivos
y bibliotecas) conforman el último eslabón de la cadena, ya que tienen la
voluntad de aplazar este inevitable proceso oponiendo resistencia mediante las
acciones de conservación. La investigadora no abunda sobre la pertinencia o la
importancia de esta irrupción en la caída libre del objeto. Al contrario, muy
pragmáticamente, da por hecho que es absolutamente necesaria. De esta manera,
Applebaum termina por distinguir cinco etapas en
la "vida cultural" de un objeto: creación, uso original, descarte,
colección e institucionalización.[1]
Evidentemente
esta "vida cultural" del objeto implica una sucesión de cambios: de
uso, de dueño, de ubicación, de función, de valor, de significado. Después de
la creación hay una acción de transferencia del creador hacia el usuario.
Posteriormente, el desuso, el olvido, la negligencia o el cambio de función
alteran el estado original y propósito del objeto. Normalmente, éste sería el
estadio final, el que lleva a la destrucción o desaparición; sin embargo, todos
los objetos necesitan de un coleccionista que los descubra y atesore,
extrayéndolos del tiradero donde terminan todos los demás. Estudiar y
documentar esta serie de cambios desde el momento de la creación hasta el
ingreso a una colección y posteriormente a un museo es lo que conocemos como procedencia.
A
manera de un bucle que pretende revertir el paso del tiempo, el conservador se
empeña en contrarrestar sus efectos en la materia y rescatar al objeto de su
irreversible destrucción. Applebaum también alude a los cambios físicos, por
supuesto, a las transformaciones en los materiales; pero en este caso, quiero
concluir llamando su atención hacia los cambios de actitud frente al objeto y
la asignación de nuevos valores simbólicos en la última etapa, la institucionalización
en el museo. Ahí el contexto es primordial, no hay neutralidad en una galería
de exhibición. El museo se convierte entonces en un templo secular, un refugio de
objetos descartados que persisten como estrategia contra el olvido. Los objetos
cobran venganza y ejercen así un último acto de tiranía: nos han obligado a
crear un recinto específicamente para cuidar de ellos.
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