THOMAS STRUTH. Sala 12, Museo del Prado. Madrid, 2005 |
¿Han escuchado la falsa
modestia del curador cuando asegura que en la exposición sólo dejó que "las obras hablaran por sí mismas"? Si bien figurativamente es posible entablar
un diálogo reflexivo frente al
objeto cultural a partir de la investigación y la comunicación, es evidente que la obra carece de voz propia o
significado unívoco, muy a pesar de lo que
algunos insistan todavía en afirmar.
Vale la pena entonces recordar que las exposiciones son el
resultado de una serie de acciones históricas destinadas a privilegiar
objetos desviándolos
de su ruta natural de uso u obsolescencia.[1] En este sentido, las
colecciones esperan silenciosas a sus intérpretes: investigadores que al
seleccionar y catalogar, otorgarán sentido y generarán conocimiento a partir de los vestigios materiales de
otras épocas. Estrictamente, es el
investigador quien "habla" por los objetos culturales y no éstos hablan por el pasado. En el contexto de una exposición, el museo interpreta el mutismo de las colecciones
mediante argumentos articulados, mediante relatos y narraciones, genera
construcciones interpretativas que solemos llamar en ocasiones historia. Pero cuidado: así como el objeto no habla por sí mismo, tampoco lo hace la historia.
De la misma manera que el pasado no habita en los objetos
inanimados, tampoco la historia se encuentra en los museos. Michel de Certeau
nos diría que hacer historia es
establecer una relación con el "otro"
siempre ausente, en otras palabras, que la escritura de la historia es una acción mediante la cual se trae el pasado al presente como una
evocación a los muertos para hacer un
intercambio entre los vivos. Bajo esta lógica, me parece que un objeto
cultural es una entidad en constante oscilación
entre la presencia y la ausencia, la vida y la muerte: como vestigio material
ha llegado a nosotros por distintos mecanismos, pero como soporte de la
información de otras épocas, es necesario interpretarlo para que verdaderamente
exista en nuestro tiempo.
Así como "hacemos" la
historia, hacemos los museos y por ende, hacemos las colecciones. Bajo este
argumento, habrá que pensar más dos veces antes de afirmar que un objeto habla por sí mismo, o bien, que una imagen dice más que mil palabras...
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