Los olores remiten
directamente a la memoria y al inconsciente, evocan recuerdos y emociones;
provocan atracción o rechazo. Neutros, fragantes o
apestosos, existen a pesar de nosotros mismos: podemos cerrar los ojos, pero no
dejar de oler. Y aún así, frente a esta
inmediatez fisiológica, la vista continúa
hegemónica, relegando el olfato a un segundo plano en el reino de
los sentidos y por ende, del constructo cultural.
En el Centre for Sensory Studies (Centro para
los Estudios Sensoriales) de la Universidad Concordia de Canadá, los investigadores
David Howes y Anthony Synnothan estudian interdisciplinariamente la vida
social y la historia de los sentidos. En
cuanto al olfato, el Centro distingue ente los olores naturales, los
manufacturados (como los perfumes y la contaminación) y los simbólicos, que actúan
en nosotros como metáforas olfatorias del mundo que nos
rodea. Por supuesto que estos últimos resultan ser
los más interesantes y los más difíciles
de describir. Si esto ocurre con los olores del presente, ¿qué ocurrirá con los olores del
pasado?
¿La
historia apesta?
Entonces ¿a
qué huele el pasado? ¿La historia podría tener olor? En la
última
década,
historiadores, conservadores, curadores y artistas han experimentado con los
aromas primero para registrar, y posteriormente representar y reconstruir el
olor de edificios, sitios y ciudades históricos. Esta exploración
de lo que podríamos llamar paisajes olfativos, sigue
la misma tendencia de la historia cultural aplicada a los paisajes sonoros, una
manera de crear y acceder a fuentes de información relacionadas a la
cultura inmaterial mediante la grabación de sonidos del
presente para su posible consulta en el futuro. Incluso, trata sobre la
recreación de sonidos de épocas anteriores.
Esto ya había tenido cabida por
ejemplo en la música, donde en
ocasiones los instrumentos antiguos son empleados en la interpretación como es el caso
de la labor que realizan Jordi Savall y Eduardo Paniagua.
En cuanto al sentido
del olfato, llamó recientemente mi atención
la nota del Huffington Post que tiene por título: "Exhibit reveals scent of industrial
revolution and other horrid historic smells" ("Exhibición
rebela el aroma de la revolución industrial y otros horribles olores históricos")
y que trata de una muestra llevada a cabo en el Centro SPUR de San Francisco bajo
el título de Urban Olfactory . En ésta, se invita a los
visitantes a hacer un recorrido histórico y sensorial al
colocar su nariz en 18 diferentes contenedores que reproducen olores como el
que podría haber inundado a
la ciudad de Paris en 1738 que, de acuerdo a la nota, es una experiencia
maloliente notas de "mal aliento, olor corporal y alcantarilla
desbordada".
El reportaje
concluye comentando que la exposición, curada por David Gissen e Irene Cheng del California
College of the Arts y
con aromas elaborados por reconocidos perfumeros como el francés
Christophe Laudamiel: "conmemora los esfuerzos de la historia en la última
década
para registrar y reconstruir los olores históricos para mejor
comprender la fuerza de los sentidos en el impulso del cambio". En efecto,
es posible a través de la experiencia
del olfato comprender mejor las condiciones de vida de los franceses del siglo
XVIII y las circunstancias que llevaron a una revolución social.
A la búsqueda
del aroma perdido
Uno de los
problemas para tener aquí
y ahora un aroma del pasado es el cómo
y dónde obtener la información de algo que por
su propia naturaleza es inasible. Me parece que documentación
para poder llegar a reconstruir un aroma histórico proviene de las fuentes escritas
y especialmente, de las fuentes literarias. Por ejemplo, las descripciones que
Charles Dickens hizo del Londres del primer tercio del siglo XIX recrean de
manera muy vívida una ciudad en tránsito
hacia la modernidad donde el humo y el hollín producido por las
chimeneas, la insalubridad de las calles, el agua estancada y la polución del ambiente
pueden casi olerse en cada página.
Recordemos la célebre novela de Patrick Süskind,
El perfume (1986), como un ejemplo contemporáneo de la manera en
que la literatura es capaz de evocar el pasado en la mente del lector mediante
la descripción acuciosa de los olores y sobre todo,
de metáforas olfatorias
relacionadas a los mismos.
Propongo
distanciarse por un momento de la hegemonía de la mirada y
abandonarse de vez en cuando a las sensaciones que un aroma, o la mera
descripción literaria o histórica del mismo, puede
tener sobre nosotros. Es un experimento que bien vale la pena intentar y por qué no, promover.
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