martes, 15 de septiembre de 2009

EL IPHONE DE VÍCTOR RODRÍGUEZ

Un año antes de morir, Edouard Manet (1832 – 1883) pintó el óleo Un bar en el Folies-Bergère, una enigmática obra que en sí misma podría resumir varios de los ideales estéticos y temáticos del grupo impresionista. Los habitantes de la noche parisina se convertían en el leitmotiv favorito de artistas que, como Manet, revolucionarían la pintura mediante nuevas formas de representación de la luz y del color.

En Folies-Bergère/Diamond (2008), Víctor Rodríguez (n. México, 1970) también experimenta con la representación pictórica, distorsionando con lo que a simple vista parecería “real”, o al menos lo que podríamos llamar una imagen casi verosímil del mundo de lo visible. La modelo de Rodríguez está parcialmente oculta detrás de una postal del Folies-Bergère de Manet. Sus manos -con las uñas pintadas de negro como dicta la última moda-, sostienen lo que podría parecer una pintura impresionista en miniatura. Un cuadro que dentro de otro cuadro resulta en un entretenido juego de espejos y semejanzas, haciendo de la imagen una perfecta hipérbole neorrealista. No es coincidencia que tanto la modelo de Rodríguez como Suzon, la cantinera del Folies-Bergère, tengan el mismo peinado, o que ambas porten un collar con un dije plateado al cuello, además del solitario de diamante que también da nombre a la obra en cuestión.

Esta no es la primera vez que Víctor Rodríguez hace alusión a las pinturas de “antiguos maestros” como Manet. En otras de sus obras podemos ver guiños a Picasso, George de la Tour, José de Ribera o incluso a Miguel Ángel y la Capilla Sixtina. En cuanto a sus referencias al impresionismo francés, la pintura El escándalo de Olimpia del 2006 nos muestra una mano –la del propio Rodríguez- en el acto de pegar en la pared una postal de la Olimpia de Manet con un prosaico trozo de masking tape. En otra obra del mismo año, Salon – un título que sugiere los salones de arte europeos del siglo XIX-, vemos pinchadas a la pared dos postales con las celebres obras El pífano y El desayuno sobre la hierba, ambas de Manet también, colocadas como en una especie de galería fotográfica privada. Frente a éstas, otra vez la mano del autor sostiene una bombilla de luz incandescente que por su escala denota el tamaño de las postales y que por su convexa transparencia deforma las imágenes.

Finalmente en la pintura iPhone/Manet del 2009 vemos una vez más la mano de Rodríguez sosteniendo este gadget de la Apple en cuya pantalla se observa la imagen parcial del cuadro de Olimpia. En esta ocasión, el recurso tecnológico sirve para coleccionar, agrupar y clasificar las reproducciones fotográficas de las obras de arte, un museo imaginario del que el artista y ahora el espectador son cómplices y por qué no, partícipes. Como yo, que ahora tengo iPhone/Manet en mi álbum de fotos del iPod touch segunda generación.

La obra de los impresionistas franceses, así como la del mexicano Víctor Rodríguez, deben mucho de su discurso visual a la utilización de la fotografía como un recurso constructivo de la imagen. En el caso de la pintura de Manet, las formas recortadas y la agresividad tonal pudieran tener su origen tanto en su fascinación por la pintura española del siglo de oro -en especial la de Velázquez-, como en su interés por los efectos lumínicos de la fotografía decimonónica, especialmente aquélla realizada en interiores y bajo iluminaciones artificiosas como la que podría haber existido en el afamado Folies-Bergère. Entre 1860 y 1880 la fotografía de estudio realizada bajo iluminación artificial aumentaba los efectos de la llamada aberración fotográfica, donde cualquier transición entre grises intermedios era eliminada, predominando el alto contraste entre luces y sombras. Esto no descarta que a los artistas del impresionismo francés también favorecieran la pintura à plein air, al aire libre, obviamente también en la búsqueda de la luz natural y sus efectos en la forma y el color.

En cuanto a Víctor Rodríguez, la mayor parte de su pintura es “fotoderivada”, es decir, que proviene de fotografías, las cuales copia mediante una meticulosa cuadrícula o bien, a partir de su proyección sobre el lienzo. La obra es terminada utilizando el aerógrafo o pincel de aire, un instrumento utilizado sobre todo en el ámbito de la ilustración publicitaria y el mundo del cómic. Este recurso otorga a sus obras un acabado inalterable, liso, flawless como dirían los norteamericanos. Así es en cuanto a la técnica, pero ¿qué hay de las temáticas? De acuerdo al crítico de arte Naief Yehya, gran parte de la pintura de Rodríguez parecerían “imágenes deliberadamente descuidadas que podrían haber sido sacadas de un álbum de recuerdos familiares (de una familia de psicópatas con delirios cromáticos)…”.

En muchas de sus pinturas vemos varias de las aberraciones fotográficas que preocupaban a los pintores y teóricos del siglo XIX: los fueras de foco, la poca profundidad de campo y los flashes violentos que recortan y aplanan figuras, saturan los colores y provocan fuertes contrastes entre luces y sombras. Todas estas distorsiones han sido muy bien utilizadas por Víctor Rodríguez para crear un alterado sentido de la realidad, un falso sentido de la perspectiva, una extraña visión del mundo ópticamente trastornado pero fotográficamente posible.

El impresionismo fue la primera vanguardia que desmintió el concepto académico de representación directa de la realidad buscando plasmar en su pintura la experiencia natural de la observación bajo el principio de que la vista no distingue volúmenes y colores definidos, sino manchas y perfiles desdibujados que en su conjunto forman una “impresión”. En ese sentido, entiendo muy bien por qué a Víctor Rodríguez pudiera gustarle la obra de Edouard Manet quien, como los maestros del barroco, buscaba afanosamente en su pintura las distintas calidades de los efectos lumínicos y cromáticos.

La posibilidad de representar la realidad visible en la pintura y en la fotografía es un tema todavía ampliamente controvertido y base de la irremediable dicotomía que separa la imagen fotográfica y la imagen pictórica. A favor y en contra de este argumento, y como Pierre Bourdieu diría, la fotografía siempre será un arte intermedio, a medias entre lo culterano y lo vulgar, entre lo común y lo extraordinario. No que la pintura sea del todo diferente ¿o sí?

Para terminar, el día de hoy les recomiendo ampliamente asistir a la exposición titulada Víctor Rodríguez. Pintura 1997 – 2009, la cual permanecerá abierta en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) hasta el próximo mes de noviembre. La curaduría de las 32 obras expuestas fue realizada por Jorge Contreras a partir de colecciones privadas, algunas públicas y por supuesto, con el apoyo de la galería Ramis Barquet. Aquí podrán ver, entre otras, la obra Folies-Bergère/Diamond, luego me cuentan qué opinan.

Imagen: VÍCTOR RODRÍGUEZ (n. México, 1970). Folies-Bergère/Diamond, 2008. Acrílico sobre tela. 203 x 203 cm. Colección Tani y Thomas Brundage. Foto de Roberto Ortíz para el catálogo de la exposición Víctor Rodríguez. Pintura 1997 – 2009, MARCO Monterrey.

2 comentarios:

Ricardo Hdz dijo...

Excelente presentación de la obra de Víctor Rodriguez; sin duda uno de los mejores artistas mexicanos contemporáneos. Una pregunta: ¿en donde tuviste la oportunidad apreciar la obra iPhone/Manet?

Adriana Gallegos C. dijo...

Hola Ricardo, muchas gracias por tu comentario! :) La obra iPhone/Manet puedes verla en el Facebook de Víctor Rodríguez, bueno al menos ahí encontré el material. Un afectuoso saludo, Adriana