miércoles 16 de diciembre de 2009

LUCES NAVIDEÑAS A PRUEBA DEL SME

Antes de 1900 pocas familias mexicanas podían considerar siquiera la posibilidad de alumbrar sus árboles de navidad con las series de colores intermitentes y monótonas melodías que invaden los hogares en estas fechas. Como están las cosas, podría ser que este alegre y casi inofensivo pasatiempo decorativo se vea amenazado por las diferencias no esclarecidas entre el gobierno federal y el Sindicato Mexicano de Electricistas, altercados que podrían llegar a provocar apagones en distintos sectores de la ciudad de México. A ustedes, los posibles afectados, les doy una opción: iluminar el árbol de navidad al estilo de finales del siglo XIX: con velitas, cómo no. Claro que sostener las velas en las ramas del pino, mantenerlas encendidas y no morir en el intento es una verdadera hazaña, un problema cuya solución podría estar en la sabiduría de los tatarabuelos que, si sus posibilidades económicas se lo permitían, podían tener un arbolito de navidad bien luminoso no matter what.

Para mantener las velas en su sitio tenía que hacerse uso de varios ingeniosos y en muchas ocasiones bellos artilugios que tomaban la forma de faroles miniatura y pequeñas linternas las cuales en muchas ocasiones eran fabricados en latón de colores –curiosamente todavía podemos conseguir algunos-. Aunque también podía echarse mano de candeleros con motivos alusivos a la navidad, los cuales eran enganchados de las ramas y equilibrados estratégicamente mediante un contrapeso que también podía tomar formas decorativas muy adecuadas a la época como los ángeles, las estrellas y los niñitos dios.

Además de las velas, todavía en el siglo XIX se desarrolló otro sistema de iluminación navideña mediante el uso de una especie de bombillas de vidrio en las cuales se vertían casi a partes iguales agua y aceite. Estas bombillas translúcidas eran llamadas en los Estados Unidos “fairy lights”, un sugerente nombre que posiblemente haga referencia a su tenue y algo misterioso efecto lumínico. El uso de las “fairy lights” no era privativo del pino navideño, sino que también se les colocaban como centros de mesa y en los caminos de entrada a los portones de las casas. Hoy en día esta costumbre continúa, ya que es muy común decorar los hogares con distintos tipos de velas, algunas de las cuales se colocan en recipientes con agua donde se les ve flotar, claro hasta que alguien juega con ellas, llega y las hunde.

Pero el uso de velas y otras lámparas de llama abierta en la decoración navideña -y en la iluminación en general- no estaba exenta de ciertos peligros, además de representar para sus usuarios un sinfín de incomodidades. Con la finalidad de reducir en lo posible el riesgo de incendio, se preferían seleccionar para la decoración pinos muy verdes; además que para sofocar cualquier conato de fuego se mantenían cerca de los árboles cubetas llenas de arena. También estaba el asunto de la cera que goteaba y de la vela que humeaba, por no mencionar el continuo mantenimiento que significaba tener un arbolito bien iluminado, lo que era un auténtico capricho de millonario.

Pero no pasaría mucho tiempo para que los árboles de navidad fueran iluminados con lo último en la tecnología de su momento. Escasos dos años después del registro de la patente de la bombilla incandescente por parte de Thomas Alva Edison (1880), el entonces vicepresidente de su compañía eléctrica y socio comercial Edward H. Johnson, iluminaba por primera vez un árbol de navidad utilizando luces eléctricas. Solo podemos imaginar el gran impacto que debió haber tenido este calculado ardid publicitario en aquellos que llegaron a verlo en la ciudad de Nueva York, donde se llevó a cabo.

No pasaría mucho tiempo para que en 1890, la compañía de Edison editara un folleto promocional donde ponderaba las ventajas de las bombillas eléctricas como mejor alternativa a la iluminación tradicional a base de velas. Casi inmediatamente, en 1892, General Electric adquiría la patente de la bombilla eléctrica a Edison -¿sería inspirado en el arbolito navideño?-, iniciándose así una nueva era en la iluminación comercial en los Estados Unidos.

General Electric lanzó al público su primer anuncio de luces navideñas eléctricas en 1900 bajo el nombre de “Edison miniature lamps for Christmas trees”. Éstas se introdujeron al mercado como pequeños focos que venían sueltos y empacados en cajas de madera, disponibles ya fuera para la venta o para la renta. Las ventajas de utilizar estas luces parecían ser bastante obvias para los consumidores: se evitarían el molesto humo, los residuos acumulados y los malos olores. Sin embargo, el riesgo de incendio seguía presente, ya que estos primeros focos despedían una gran cantidad de calor.

Otro inconveniente era que para nuestra actual extrañeza, los focos no venían montados en serie, es decir, que no estaban ya cableados, además que aún no se inventaban los sockets. Para unir las “series” era indispensable contratar a un técnico que las uniera y conectara a la red eléctrica de la casa. En fin, que para ese entonces resulta evidente que contar con un arbolito iluminado eléctricamente era casi una excentricidad, un auténtico lujo que sólo unos cuantos podían permitirse.

Ya para 1903, General Electric crea la primera “serie” armada de fábrica, pero fracasa en su intento de patentarla ya que la comisión encargada de juzgar su registro considera que esto no era propiamente un invento, sino solamente una adaptación a lo que cualquier técnico calificado podía hacer por sí mismo. De esta manera se dejó el camino libre para que cualquier otra compañía fabricara sus propias luces, situación que dio pie al nacimiento de la industria de las luces navideñas. Para 1907, al menos 5 compañías norteamericanas diferentes ya fabricaban las series de foquitos navideños, casi como las conocemos y utilizamos en la actualidad.

A manera de conclusión, quiero otorgar todo el crédito de la información contenida en esta entrada a la página web “The Antique Christmas Lights Museum”[1]. Este sitio es una iniciativa del coleccionista privado George Nelson, quien ha reunido casi una infinidad de objetos relacionados a la iluminación navideña, los cuales datan desde finales del siglo XIX hasta la década de los cincuenta.

En esa página ustedes podrán encontrar casi cualquier información relacionada al tema: una línea del tiempo, ilustraciones con ejemplos de focos, conexiones y manuales de uso, además de las transcripciones completas de cómo debían utilizarse las luces. La información está muy detallada y dividida cronológicamente. Se incluyen fotografías nostálgicas con decoraciones navideñas, publicidad antigua, glosarios, patentes y una lista de fabricantes. Este sitio web contiene una buena cantidad de datos concretos, anécdotas y detalles varios sobre un objeto de vida cotidiana tan simple y tan común hoy en día como las series de luces navideñas.

Con esta entrada al blog damos por cerradas las actividades del presente año 2009. A los promotores, webmasters, colegas blogueros, seguidores y lectores ocasionales quiero agradecerles su tiempo, su lectura y sus comentarios. Nos vemos el próximo año para seguir dialogando. Que tengan una feliz navidad y un excelente año 2010 por parte del Museo Imaginario.
IMAGEN: Frente de una postal publicitaria de la General Electric. 1905

[1] The Antique Christmas Light Museum http://www.oldchristmaslights.com/index.htm

martes 17 de noviembre de 2009

VIVA LA HABANA LIBRE

Mi primer sábado en la ciudad de La Habana fui a Coppelia, la fuente de sodas que se hiciera célebre en México gracias a la película “Fresa y chocolate”. La heladería Coppelia se encuentra en el corazón del Vedado, un barrio con calles de traza perfecta y vetustas mansiones señoriales abandonadas por aquéllos que ahora viven en Miami. El Vedado se identifica por la Universidad de La Habana, el Hotel Habana Libre donde Fidel Castro hiciera su cuartel general durante la Revolución en 1959 y el nostálgico Cine Yara, punto de reunión de los “cocotaxis” amarillos y la movida gay nocturna.

El motivo principal de mi visita–además de comer helado y abordar un cocotaxi-, era el asistir al seminario de especialización “Los museos: sus conceptos, definiciones y usos” el cual se impartió en el Centro de Conservación, Restauración y Museología, mejor conocido por sus siglas como CENCREM el cual tiene como sede el antiguo convento de Santa Clara, ubicado en La Habana Vieja, el núcleo urbano más antiguo de la ciudad. El cuerpo docente era especializado en teoría museológica, legislación, historia del coleccionismo y los museos; comunicación, museografía, conservación preventiva, documentación, animación socio-cultural e interpretación del patrimonio. Por las tardes, la teoría aprendida en las aulas se complementaba con visitas en compañía del profesorado a varios museos de la ciudad.

En el sentido ideológico, los estudios museológicos en el CENCREM siguen por la vía del discurso dialéctico, donde la dictadura del proletariado –en este caso identificado con la figura abstracta de “la comunidad”- es origen, sentido y objetivo último del quehacer museístico. Parafraseando un poco a Fidel Castro: todo dentro de la Revolución, nada fuera de la Revolución (incluyendo al museo, por supuesto). Sin embargo, y muy a favor de la ideología detrás de la gestación del museo cubano posrevolucionario, este concepto centrado en la comunidad no se encuentra del todo alejado de los planteamientos provenientes de la nueva museología: un enfoque teórico que, con sus debidos matices, propone igualmente estrategias para desarrollar un museo social y democrático, un museo en absoluta función del usuario, en contraste con el museo tradicional donde los contenidos tienden a ser “impuestos” al usuario antes que “consensuados” con éste.

Parte del objetivo del curso, además de adentrarnos en algunos conceptos emanados de la nueva museología, era el descubrir que no todos los museos habaneros pregonaban con el ejemplo. Es decir, el propio CENCREM promovía a través del seminario la capacidad de autocrítica desde y hacia sus propias instituciones. Evaluando, el balance de las visitas realizadas a los museos no podría haber sido más positivo: solamente la cantidad, variedad de temáticas, profesionalismo de sus trabajadores y calidad de la mayoría de los recintos visitados sorprendería a casi cualquiera. De hecho, sería absolutamente injusto de mi parte no mencionar que la ciudad en sí misma, ya es un gran museo. Además que La Habana tiene muchísimo más que ofrecer al visitante dispuesto a arriesgarse más allá del circuito turístico. No lo duden ni un momento.

Vale la pena hacer un pequeño paréntesis para mencionarles que no es casualidad que desde 1982 el centro histórico de La Habana y su sistema de fortificaciones hayan sido declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Al día de hoy la restauración arquitectónica es realizada a través de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, organismo a cargo del talentoso y casi omnipresente Eusebio Leal.

Siquiera pretender enumerar la mayor parte de los museos en esta ciudad excedería por mucho las líneas de este texto. Sin embargo, sí quiero hacer mención a algunos que pudieran resultar significativos o hasta paradigmáticos del espíritu cultural de La Habana. Entre éstos, el Museo de la Ciudad o Antiguo Palacio de los Capitanes Generales, un edificio que fuera la sede del gobierno colonial de la isla; y el Museo Castillo de la Real Fuerza, ubicado en la fortaleza más antigua de toda Cuba. A unas cuadras y en la misma Habana Vieja se encuentran el Museo de Arte Sacro del Convento de San Francisco, el Museo de Arte Colonial y el Museo Casa Natal José Martí. Como fenómeno aparte están el Museo del Tabaco, el Museo del Chocolate y la Farmacia Habanera, los cuales combinan muy exitosamente la vocación museológica con el uso comercial, ya que cada uno de ellos ofrece además de la exhibición de objetos culturales, venta de tradicionales habanos, aromáticos chocolates o remedios homeopáticos, cada uno de acuerdo al ramo que manejan, claro está.

Si se encontrara en la terrible disyuntiva de tener que visitar un solo museo de toda la ciudad, sin duda le recomendaría que fuera el Museo Nacional de Bellas Artes, el cual cuenta con dos espacios diferenciados: uno dedicado al arte cubano, en un inmueble construido en el año 2000; y el otro en un edificio mucho más antiguo donde se exhibe la impresionante colección de arte universal. Sin dudarlo, diríjanse al primero donde –si la climatización de las salas lo permite- podrá ver magníficas obras artísticas que van desde el periodo colonial al siglo XX. Se destacan poderosamente las obras producto de las vanguardias encabezadas por dos pintores cubanos de valor universal: Wilfredo Lam y René Portocarrero. Como habrán notado, aclaro “si la climatización permite” debido a que en el momento de nuestra visita al museo en cuestión, el conservador en jefe nos notificó que todo un piso se encontraba cerrado al público debido al malfuncionamiento del aire acondicionado. Al parecer la potencia del clima era tan baja, que prefirieron reservar lo poco que había para refrigerar –y muy escasamente- un solo piso. El destino de las obras en las áreas a las que no pudimos acceder, no nos fue revelado.

Justo enfrente del Museo Nacional de Bellas Artes se encuentra el antiguo Palacio Presidencial, un fastuoso edificio que fue convertido en Museo de la Revolución y junto al que se puede visitar el Memorial al Granma, la embarcación que utilizaron los revolucionarios cubanos para viajar de Tuxpan, Veracruz a Cuba. El Museo de la Revolución bien vale una visita. En él se rinde homenaje a los movimientos contestatarios cubanos acontecidos desde la guerra de Independencia en 1898. En el guión se hace especial énfasis en los hechos del 23 de julio de 1959 y, como era de esperarse, en las figuras de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto “El Ché” Guevara. Toda esta saga de movimientos sociales de izquierda, represión gubernamental y en última instancia triunfo de la facción revolucionaria, puede recorrerse a través una serie de vitrinas adosadas a la pared que exhiben recortes de periódico, fotografías y alguna ocasional reliquia que otrora perteneciera a los combatientes caídos o sobrevivientes. Por si todo esto no fuera suficiente para empaparse del espíritu de la Revolución Cubana, una de las principales atracciones del museo resulta ser un diorama iluminado a media luz donde se muestran a dos maniquís tamaño natural que representan a Fidel Castro y a “El Ché” Guevara portando el traje militar y emergiendo de una selva manufacturada en su totalidad con follaje artificial.

En otros aspectos más prácticos, quiero advertirles que cuando vayan a un museo cubano no olviden llevar un abanico, ya que en muchas ocasiones el aire acondicionado –como ocurrió en el Museo Nacional de Bellas Artes- o no funciona o simplemente no ha sido tomado en consideración. También, les advierto de no llevar mochilas o bolsos de mano, del tamaño que sea, ya que los guardias son sumamente insistentes en que todo objeto sea depositado en el guardarropa del museo, en caso de negativa, pueden llegar a negarte el acceso. En cuanto al costo de las entradas, éste siempre es más alto para los extranjeros que para los nacionales, además que en varios museos se insiste en cobrar una tarifa extra por la toma de fotografías o de video. Ésta última política resulta particularmente decepcionante considerando que en la gran mayoría de los museos no hay folletos o publicaciones disponibles; aunque casi siempre podrá encontrar algún custodio(a) al que pueda preguntarle sus dudas, le aseguro que la mayor parte de las veces responderán con gran amabilidad y conocimiento de causa. Eso si no han decidido arbitrariamente cerrar el museo antes de la hora programada…

Para terminar, aprovecho para agradecer las atenciones de la directora del CENCREM, la Licenciada María M. García Santana y del coordinador docente Nérido Pérez Terry. Igualmente todo mi cariño y gratitud a las personas que me permitieron compartir su tiempo y espacio durante las dos semanas de mi estadía en La Habana: a Raisa, Israelito, Vicente, Marielis, Arlette, Yoan, Dalia, Juan Antonio, Jorgito, Noemí, Lety, Yanet y José Manuel.

jueves 15 de octubre de 2009

ESTRIDENTISMO: LA ESTÉTICA REVOLUCIONARIA


Oh ciudad fuerte
y múltiple
hecha toda de hierro y acero
los muelles. Las dársenas,
las grúas.


Y la fiebre sexual
de las fábricas.


Vrbe:
escoltas de tranvías
que recorren las calles subversivas.
Los escaparates asaltan los aceros,
y el sol, saquea las avenidas
al margen de los días
tarifados de postes telefónicos
desfilan paisajes momentáneos
por sistema de tubos ascensores.[1]

El poeta Manuel Maples Arce, autor de estas líneas de Vrbe, superpoema bolchevique en cinco cantos (1925), también es conocido por haber escrito unos años antes, en 1921, el texto del manifiesto “Actual Nº1 Comprimido Estridentista”, una hoja volante o como él mismo la llamó una “hoja de vanguardia” que expresaba de manera fragmentada, sincopada y casi anárquica, las intenciones iconoclastas de este nuevo movimiento. El manifiesto redactado en catorce partes -además del directorio de vanguardia al final del mismo- hermanaba al estridentismo con otros movimientos de vanguardia europea como el futurismo italiano y el ultraísmo español. A su vez, exaltaba la belleza de la maquinaria y la industria, el ritmo frenético de las ciudades, y la belleza del tranvía y del telégrafo. Maples Arce proclamaba el advenimiento de una nueva era, donde la modernidad y el cosmopolitismo estarían por encima de la tradición y el conservadurismo.

A partir de ese momento, el estridentismo irrumpía como un movimiento plástico y literario que buscaba totalizar la experiencia modernista y el nuevo ritmo de vida de las ciudades, ambos identificados como entes regidores de una nueva fantasía estética. Estos elementos eran para los estridentistas la única manera posible de remontar la ancestral exclusión del país de las rutas del progreso y por ende, de los núcleos artísticos de vanguardia.

La ciudad moderna, industriosa y por qué no, estridente, se volvió una visión, una epifanía. Es así que surge la utopía literaria de la Estridentópolis, ciudad del futuro donde la tecnología estaría puesta al servicio de la felicidad del proletariado. Este aspecto idealizador de la lucha de clases emanaba de las corrientes de pensamiento socialista –no olvidemos que estamos a pocos años de la revolución rusa y la Revolución mexicana-. De esta manera, el estridentismo, además de ser un movimiento artístico, también se coloreaba de profundos tintes revolucionarios y alguna aspiración política.

En última instancia y pasados los años, la ciudad utópica o Estridentópolis casi se vuelve una realidad cuando el colectivo estridentista se traslada a un lugar geográfico concreto: la ciudad de Jalapa en Veracruz, donde por un tiempo encontrarían las ventajas necesarias para desarrollar su agenda artística.

Posteriormente y bajo distintas circunstancias, el movimiento estridentista asentado en Veracruz llegó a su disolución como colectivo hacia el año de 1927. Sin embargo su influencia continuaría a través de la llamada estética revolucionaria, la cual se valdría de los recursos formales del estridentismo para establecer sus cotas de influencia ideológica en nuestro país.

A propósito de la importancia de la vanguardia estridentista en México y sus originales manifestaciones artísticas, quiero traer a colación la muestra titulada Vanguardia Estridentista. Soporte de la Estética Revolucionaria la cual puede visitarse en el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo hasta el próximo día 25 de octubre. En ella se exhiben alrededor de 130 objetos entre libros, revistas, fotografías y demás obras plásticas provenientes de un total de cuarenta colecciones privadas y públicas diferentes. Me parece que el solo esfuerzo de ubicar, reunir y catalogar tal cantidad de obra por parte de las organizadoras ya puede considerarse una importante aportación al estudio de esta vanguardia mexicana y por lo tanto, una razón más que suficiente para hacer una obligada visita al Museo.

Como les mencioné antes, la selección de obra no se limita únicamente a publicaciones periódicas o libros. La curaduría realizada por Rocío Guerrero –quien se ha dedicado varios años a investigar dicho tema- propone muy atinadamente que una de las características que hacen del estridentismo una auténtica vanguardia artística es el uso de distintos soportes para sus obras: soportes que pueden ser espaciales o materiales. Como ejemplo, en la exposición "Vanguardia Estridentista" se ilustran las tertulias que el grupo llevaba a cabo en el afamado Café de Nadie: escenario de debates, lecturas de poemas (como Vrbe) y exposiciones de fotografía, entre otras actividades.

Como contraparte, en esta exposición también se muestran los libros y revistas donde el diseño gráfico, la poesía, el grabado, el ensayo, la fotografía y las reproducciones pictóricas se agrupan armoniosamente. Cada publicación, como Horizonte o Irradiador, es un objeto totalizador de la experiencia estridentista, experiencia que va desde el diseño de la portada, las viñetas de página, la tipografía, las ilustraciones y el contenido de los textos.

En cuanto a estas dos últimas revistas vale la pena mencionar que esta es la primera exposición en la que se ha logrado reunir en original los tres números existentes de Irradiador y los diez de Horizontes; además que pueden observarse otros documentos que se consideraban anteriormente perdidos y que las investigadores localizaron y obtuvieron en préstamo después de varios periplos más que inesperados. De hecho, ahora que se han ubicado los ejemplares, me comentó la curadora que muy posiblemente se realicen ediciones facsimilares de los mismos, esto en el marco de la presente exposición.

"Vanguardia Estridentista. Soporte de la Estética Revolucionaria" es una muestra que valora con gran justeza las aportaciones históricas y estéticas del movimiento estridentista entre 1921 y la década de los treinta. Considero que dicha vanguardia no ha perdido un ápice de modernidad: su propuesta aún puede tener presencia en la escena artística y política casi cien años después, ya que por sus elementos formales y contenidos ideológicos nos motiva a la reflexión acerca de cómo podría relacionarse aquel México de la posrevolución con este México que casi desemboca en el esperado 2010.

No quiero concluir esta entrada sin antes agradecer a María Monserrat Sánchez, directora del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo; a Rocío Guerrero Mondoño, curadora de la exposición y a Mariana Sainz Pacheco, asistente de investigación, por todas las facilidades prestadas durante mi visita al museo aún cuando estuve ahí unos días antes de la inauguración, en pleno proceso de montaje. Por su buen trabajo, felicidades y por su confianza y generosidad, muchas gracias.

El Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo se encuentra en la ciudad de México, en San Ángel. El edificio en sí (obra del arquitecto Juan O’Gorman) ya bien vale la pena visitarse. Para mayores informes puede consultarse la página web: http://museoestudiodiegorivera.es.tl/

[1] Texto e imagen: MANUEL MAPLES ARCE. Vrbe, superpoema bolchevique en cinco cantos (portada de Jean Charlot), 1924. Fotografía cortesía del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo

miércoles 30 de septiembre de 2009

MUSEO DEL ACERO HORNO³

En 1986 la planta productiva de la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey cerró sus labores después de más de 80 años de trabajo casi ininterrumpido. [1] Esta empresa, símbolo de la industrialización del norte de México a principios del siglo pasado, marcó con su presencia el ritmo de vida y la identidad comunitaria de la ciudad. Después, con su ausencia, cedió paso a la realización de un ambicioso proyecto de desarrollo cultural, económico y social que, a mi parecer, aún no encuentra paralelo en el país.

Después de permanecer algún tiempo en el abandono -sufriendo el consecuente saqueo y deterioro-, se crea en 1988 el fideicomiso para la administración de los terrenos y antiguos inmuebles de la Fundidora. Entonces se gestó el concepto del lo que posteriormente se convertiría en el emblemático Parque Fundidora de Monterrey: un espacio de acceso público formado por inmensas áreas verdes, andadores peatonales, foros para espectáculos, museo, cineteca, hotel, centro de convenciones y hasta un río artificial; todo ello aprovechando el espacio que ocupara la antigua empresa metalúrgica. (http://www.parquefundidora.org/).

Un paso importante en el proyecto fue que en el 2001, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) nombrara con gran justeza Sitio de Arqueología Industrial al conjunto de Fundidora. De entre los muchos inmuebles que formaban parte de éste se encontraba el Alto Horno No.3, el cual empezó a ser restaurado hace sólo cuatro años, en el 2005. La finalidad de la intervención era el integrarlo a un proyecto museístico de amplios alcances, entendido como un centro de aprendizaje de ciencia y tecnología, además de sitio de conservación histórica del patrimonio industrial. Una vez terminada la restauración -que fue coordinada por Elisa Ruvalcaba Lobo- se continuó con el proyecto arquitectónico del museo el cual quedó a cargo del británico Nicholas Grimshaw, quien trabajó en asociación con el despacho regiomontano Oficina de Arquitectura (http://www.oficinadearquitectura.com/). El edificio se completó en un tiempo récord: de marzo del 2006 a agosto del 2007, mes en que el Museo del Acero Horno³ fue abierto al público. Vale la pena comentar que la museografía y el guión temático estuvieron a cargo del despacho canadiense AldrichPears Associates (http://www.aldrichpears.com/).

La revista electrónica Expansión, en su edición de octubre del 2007 describe muy atinadamente al Museo del Acero Horno³ de la siguiente manera: “el programa contempla cuatro espacios principales correspondientes a los cuatro atractivos del Museo: La Galería de Historia, ubicada en el antiguo cuarto de ingreso de carros torpedos y ferrocarril; La Galería del Acero, un nuevo edificio sobre el durísimo suelo del patio de escoria de acero, con una atractiva cubierta a base de placas plegadas formando una planta circular de compleja geometría. El resto de la cubierta se trató con jardines en forma de talud. En la Casa de Vaciados, frente a la boca del horno, se rinde un gran homenaje con el impresionante Show del Horno, una exhibición multimedia que, apoyada en sofisticados efectos especiales, recrea la producción de acero, sincronizada con una proyección de video con filmaciones reales de aquellos años. Finalmente, el cuarto atractivo es la recuperación del elevador inclinado que subía los materiales a más de 40 metros para su vaciado, pero en esta ocasión servirá para transportar a los visitantes a la Cima del Horno, donde se aprecian vistas espectaculares de la ciudad. El programa se complementa con la conversión del cuarto de malacates en oficinas administrativas, mientras que el cuarto de controles es ahora un moderno Café. En las áreas exteriores se mantuvieron todos los elementos y plataformas originales.” [2]

Este pasado fin de semana tuve la oportunidad de visitar por primera vez el Museo del Acero Horno³. En mi visita me di cuenta que este recién inaugurado recinto cuenta con la esmerada atención de su personal, que las exhibiciones permanentes son informativas, muy atractivas, dinámicas y educativas a la vez; y que el inmueble equilibra exitosamente la arquitectura moderna adaptada y los restos del pasado industrial. El recorrido general me tomó poco más de dos horas, incluyendo la Galería del Acero, la Galería de la Historia, el Show del Horno, el Paseo por la Cima y la tienda del Museo.

Además de la originalidad y funcionalidad de los elementos interactivos que componen las dos Galerías, posiblemente las dos actividades más destacables en el Museo del Acero Horno³ sean el Show del Horno y el Paseo por la Cima. No se las pierdan. El Show del Horno, aunque solamente dura diez minutos, es una experiencia casi vivencial sobre la fundición y la forja metalúrgica. Es un espectáculo que despierta en el espectador emociones y sentimientos al tiempo de proporcionarle importante información sobre la historia y el funcionamiento del Alto Horno No.3. Al final, se invita a los asistentes a acceder al interior de éste, donde el verdadero espectáculo es la grandeza constructiva de una mole de ladrillo refractario que ha conservado las huellas de uso y los accidentes de la fundición. Este gigante dormido – como le llaman en el show al Alto Horno No.3- me pareció una rara especie de volcán artificial, creado y domado por trabajadores mexicanos que, de acuerdo a los testimonios en el video sincrónico al espectáculo, estaban muy orgullosos de trabajar como Vulcanos modernos en la Fundidora.

Por si esto del show fuera poco, a continuación se realiza el Paseo por la Cima, un emocionante –y muy seguro- recorrido auto guiado donde el visitante puede apreciar de cerca y a una gran altura el prodigio de ingeniería y técnica que representa la superestructura del horno. A través de rampas y puentes construidos ex profeso se puede, literalmente, caminar en el aire, apreciar e interesarse no sólo en la historia del patrimonio industrial, sino también identificar su belleza como conjunto armónico, como una bellísima escultura industrial con sus propios valores significativos y estéticos.

En definitiva el Museo del Acero Horno³ tiene muchas virtudes, siendo tal vez la principal que como oferta museística ha alcanzado un perfecto equilibrio entre información, entretenimiento y estética. Las instalaciones son inmejorables, la museografía es de vanguardia, los contenidos son exactos y la experiencia general inmejorable. Si usted visita la ciudad de Monterrey, quiere conocer la fuerza de trabajo y el carácter industrial que la caracterizan, mi recomendación sería el ir al Museo del Acero Horno³ donde, como dice el eslogan, la ciencia y la tecnología están al rojo vivo.

[1] Museo del Acero. La creación de un ícono. De sitio de arqueología industrial a museo de clase mundial. GRAFOTEC, S.A. DE C.V. México, 2008
[2] ARMANDO CARRANDO “Museo del Acero. El renacer de un gigante” en la revista electrónica CNN Expansión, 17 de octubre del 2007. http://www.cnnexpansion.com/obras/museo-del-acero-renacer-de-un-gigante