martes, 30 de marzo de 2010

INTERPRETANDO LA HISTORIA DESDE EL NORTE DE MÉXICO (Parte 2 de 3)


El paradigma empresarial norteño[1]

La familia Arocena y en concreto, Rafael Arocena y Arbide (1847-1919), pueden considerarse como paradigma del empresariado norteño, un grupo que surge como una burguesía acomodada desde los tiempos del Porfiriato en el último tercio del siglo XIX. Aquí lo vemos en esta foto de 1911, posando junto a su bicicleta en el Bosque de Chapultepec, como cualquier otro paseante.

Otros ejemplos de empresarios líderes en su época fueron Luis Terrazas y Gerónimo Treviño en Monterrey. En la región Laguna de Durango estarían Santiago Lavín y herederos; en Coahuila, Carlos González Montes de Oca, la familia Madero y su líder Evaristo, además de los casos de Feliciano Cobián, Leandro Urrutia y Juan Brittingham. Al igual que los Arocena, cada uno de estos casos presenta características en común de un paradigma empresarial desarrollado en el noreste mexicano[2].

Rafael Arocena fue un emigrante proveniente del País Vasco que, a su arribo a la Comarca Lagunera hacia finales del siglo XIX, prosperó en la agricultura, particularmente en el cultivo del algodón, un producto que fuera sustento de la economía regional por varias décadas. Paralelamente, adquirió acciones en la industria azucarera, apoyó industrias relacionadas a los derivados del algodón e invirtió en instrumentos bursátiles y bienes raíces.

Su influencia como empresario, productor e industrial fue significativa aún en lugares que constituían mercados de talla mundial como Nueva York. Sus alcances económicos le permitirían regresar a España, vivir en el Hotel Plaza de la gran manzana y enviar a su hija Zenaida a cultivar una formación cosmopolita en Europa. A su vez Zenaida se casó con otro miembro de la comunidad vasca, Francisco Arocena y Muñuzuri, teniendo dos hijas: Elvira y Rafaela.[3]

Mientras tanto, en La Laguna, Fernando Rodríguez Rincón y Ángel Urraza, administraban sus bienes en uno de los predios agrícolas más productivos e importantes de la región: Santa Teresa.[4] Dicho predio estaba constituido por 18 ranchos o haciendas con un área cultivable e irrigable superior a las 24 mil hectáreas.[5]

Siguiendo esta línea empresarial y de acumulación de la riqueza, la movilidad económica y social son una lógica consecuencia que, a su vez, permiten una presencia en diferentes mercados y entornos nacionales e internacionales. Los intereses e inversiones en distintos lugares implicará estancias de la familia Arocena y su entorno familiar en diferentes domicilios, según donde se estuviera: Nueva York, Bilbao, La Habana, la Ciudad de México o Torreón, incluyendo dese luego, la vida en sus predios agrícolas de la hacienda de Santa Teresa.

El Edificio Arocena: reflejo de una Belle Époque Lagunera

El Edificio Arocena, por su magnitud, ubicación y lapso constructivo –alrededor de un año-, es indicador de la fuerza laboral y económica que lo impulsaron: un capital que provino principalmente del campo algodonero. Su sola existencia es reflejo del lugar social [6] de la familia y una consecuencia natural de la riqueza generada.

El Edificio Arocena, con sus tres niveles construidos en concreto y acero, interiores decorados al estilo modernista y estilo más bien ecléctico, retoma un modelo arquitectónico prácticamente trasplantado de los inmuebles que pueden encontrarse en la región norte de España. Desde el inicio, mantuvo al menos tres funcionalidades: a) uso comercial en la planta baja; b) uso administrativo en el primer piso; y c) uso habitacional en el tercer nivel -donde se ubica actualmente el Museo Casa Histórica-. De esta manera se aseguraba el valor económico del inmueble y su mantenimiento a partir de los recursos generados por la misma propiedad.

Para ilustrar el vertiginoso crecimiento de la ciudad de Torreón hacia 1920 vale la pena anotar que en la época del primer censo nacional (1895), el núcleo urbano de la Villa de Torreón comprendía a tan sólo 3,969 habitantes. Para la época en que se construye el Edificio Arocena, veinticinco años después, la ciudad ya contaba con 50,902 habitantes concentrados en su mayoría en núcleo urbano.[7]

Empresas textileras como La Fe y La Constancia, agroindustrias de aceites y jabones como La Unión y La Alianza, metalúrgicas y fundidoras como la Compañía Metalúrgica (ahora Peñoles) y la Iron Works, sustentaban ya en ese entonces la economía de la ciudad. Como consecuencia lógica surgieron también sucursales para los servicios financieros como el Banco Nacional de México, El Banco de Londres y México, El Banco de La Laguna, El Banco de Chihuahua, El Banco Wah Yick y El Banco Americano, entre otros. Cientos de comercios y varios mercados como el Alianza y el Juárez ofrecían toda clase bienes y servicios. Incluso desde entonces ya operaba la casa comercial Soriana (1905).
Otras importantes obras urbanas que ilustran esta bonanza económica fueron el embellecimiento y la creación del Boulevard Morelos y el parque público llamado Alameda Zaragoza. Ambas obras, iniciadas en 1923, son consideradas hasta la actualidad como emblemas de la identidad urbana lagunera, al igual que el Teatro Isauro Martínez, de arquitectura neogótica y decorados orientalistas, el cual fue inaugurado en 1930.

En resumen, la década de los veinte es, guardada las proporciones, una especie de Belle Époque lagunera donde la población comienza a disfrutar de la modernización de la ciudad. Un escenario donde familias de empresarios, como la de los Arocena, encontraron un terreno propicio tanto para los negocios y las actividades mercantiles, como para la intensa agenda social que llevaban entre sus constantes viajes en México, a Estados Unidos y Europa.

En la próxima entrada al blog, comentaré acerca de la colección Arocena, un invaluable patrimonio reunido a lo largo de tres generaciones y que ha encontrado, tanto en la Casa Histórica como en el Museo Arocena, su destino final. Asimismo, y para los más interesados en el tema museológico, les contaré sobre el concepto de la exhibición, los argumentos bajo los cuales fue realizado el guión, y en general, qué puede esperar el público que nos visita en la Casa Histórica. De esta manera, les compartiré el por qué este nuevo espacio de interpretación es trascendental en nuestra comprensión de la historia desde norte de México.

IMAGEN:
Rafael Arocena y Arbide en el Bosque de Chapultepec, México D.F., 1911
Fondo Arocena (AHPF-UIA-Laguna)

[1]Otorgo el crédito de esta investigación al historiador Carlos Castañón Cuadros, cuya aportación fue indispensable para la realización de los contenidos del guión museológico de la Casa Histórica Arocena.
[2] Mario Cerutti en Burguesía, capitales e industria en el norte de México, Monterrey y su ámbito regional (1850-1910) ha estudiado a profundidad el brote empresarial en Monterrey con inclusión a La Laguna y Chihuahua como corredor empresarial. Asimismo ha expuesto las causas y los patrones de este paradigma entre los que se encuentran: a) En el momento de arribar a México solían ser muy jóvenes y por ello, contaban con escasos recursos; b) El proceso formativo de capitales y de experiencia empresarial supuso años o, con frecuencia, décadas; c) La alta proporción de inmigrantes provenientes del norte peninsular: asturianos, vascos y santanderinos sumaron un elevado porcentaje dentro de los casos ana­lizados.
[3] Cerutti, et.al., Vascos, agricultura y empresa en México, 1999.
[4] La producción algodonera del enorme predio de Santa Teresa era una de las más grandes y competitivas de la región. Su producción rebasaba en promedio los 40 mil quintales de algodón, unos dos millones de kilogramos al año, una verdadera fortuna entonces. La producción era vendida en México, pero también en Estados Unidos e incluso en Liverpool, Inglaterra.
[5] Cerutti, et.al., Vascos, agricultura y empresa en México, 1999, p.78
[6] En el sentido que lo maneja Michel de Certeau en La escritura de la historia, es decir, desde donde se emite un discurso: un lugar de producción socioeconómica, política y cultural.
[7] Carlos Castañón Cuadros, La mirada de las migraciones en la historia de Torreón, 2006, p. 154.