sábado, 3 de julio de 2010

LA ESTATUA ASESINADA: ANTONIETA RIVAS MERCADO Y LOS CONTEMPORÁNEOS

En afortunadas ocasiones es posible para el curador conseguir la obra exacta, la pieza única, aquélla que creemos contiene y revela en sí misma el concepto de toda una exposición y sin la cual, ésta se quedaría trunca, incomprensible.

En cuanto a la muestra temporal “De puño y letra. Antonieta Rivas Mercado y su tiempo”, inaugurada el pasado 2 de julio en el Museo Arocena, la obra que muestra el concepto integral de la exposición se titula La pistola, un óleo sobre tela autoría de Agustín Lazo, y con el cual contamos gracias a la generosidad de la colección Andrés Blaisten.

En la década de los años veinte, el joven pintor Agustín Lazo formó parte junto con Salvador Novo, Julio Castellanos, Jorge Cuesta, Bernardo Ortiz de Montellano, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia de “Los Contemporáneos”, un “grupo sin grupo”, un conjunto de “personas ociosas” cuyas obras “no le gustaban a nadie”, “que todo lo encontraban mal” y “cuyas producciones eran una cosa rarísima”, esto en palabras del mismísimo Salvador Novo.

Por su parte, el poeta Jorge Cuesta comentó sobre estos inusuales personajes que “es maravilloso cómo Pellicer decepciona a nuestro paisaje, cómo Ortiz de Montellano decepciona nuestro folclor, cómo Salvador Novo decepciona a nuestras costumbres y cómo Xavier Villaurrutia decepciona a nuestra literatura”.

Esta aura de rebeldía intelectual e incluso de trasgresión social, atrajo a Antonieta Rivas Mercado (1900–1931), una mujer recién llegada de Europa, millonaria, sumamente inteligente, sensible y algo excéntrica, quien de la mano de su mejor amigo y confidente, el también pintor Manuel Rodríguez Lozano, llegó a ser mecenas y partícipe de este singular grupo entre 1927 y 1928, aproximadamente.

Juntos, fueron pioneros y líderes incomprendidos de la vanguardia artística y la crítica literaria en México; adalides de un cosmopolitismo enfrentado al proyecto nacionalista impuesto por los grupos en el poder tras el triunfo de la Revolución Mexicana ahora institucionalizada.

Antonieta y Los Contemporáneos realizaron teatro de vanguardia (el Teatro Ulises), editaron varios libros, revistas y tradujeron obras francesas. Agustín Lazo también participó activamente pintando las escenografías, en tanto que Antonieta, además de ser empresaria teatral, actuó en las puestas en escena.

Ya entre 1928 y 1929, la incansable pero diletante Antonieta también se involucró en otras importantes empresas culturales y políticas del país, nada más y nada menos que en la creación de la Orquesta Sinfónica Nacional y la campaña presidencial de José Vasconcelos, con quien se involucró sentimentalmente.

Poco después, a principios de 1931, Antonieta acabaría dramáticamente con su vida frente al altar mayor de la catedral de Notre Dame en París. Se había disparado en el pecho con la pistola que perteneciera a José Vasconcelos.

Xavier Villaurrutia nos explica un poco de las contradicciones que imperaban en el alma de esta mujer: “A Antonieta quisiera verla dejar de ser ella (o lo que ella cree ser) en alguna ocasión. Pero no podrá. Me arrepiento de escribir esto, pero no porque lo piense injusto sino porque a Antonieta prefiero quererla que juzgarla”.

De alguna manera, tanto Villaurrutia como Antonieta eran espíritus afines, sensibles a su entorno, que buscaron en el exilio escapar del tedio de vivir, llevando ese afán hasta sus últimas consecuencias.

Unos años antes al suicido de Antonieta (1928) Villaurrutia había dedicado a su compañero sentimental Agustín Lazo un bellísimo poema de corte surrealista titulado “Nocturno de la estatua”, cuyas líneas están pletóricas de referencias oníricas, noctámbulas y mortuorias:

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las flechas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: «estoy muerta de sueño»

En 1943, Agustín Lazo pintaba la elusiva y enigmática pintura La pistola. En ésta vemos algo que podría ser la “estatua asesinada” junto a la cual reposa indolente una pistola Derringer con cacha de concha nácar. El conjunto no deja de ser extraño, sobre todo porque la composición en un principio aparece como absolutamente convencional, pero los objetos en ella no guardan ninguna relación lógica con la realidad. En resumen, es una obra que plantea más preguntas que respuestas y que tiene lugar en un plano metafísico, donde el sueño y la muerte pudieran ser las “hermanas imprevistas” a las que hace alusión el poeta.

Al observar esta obra de Agustín Lazo, no pude dejar de pensar en el nocturno de Xavier Villaurrutia, y a su vez, en el suicidio de su amiga, Antonieta Rivas Mercado. Éstas fueron tres existencias identificadas con un mundo formado de ecos y espejos, tres grandes talentos que en un fugaz momento, increíble y extraordinario de 1927, compartieron lo que Andrés Henestrosa –otro amigo de Antonieta- llamaría: “un parpadeo del tiempo”.

La exposición “De puño y letra. Antonieta Rivas Mercado y su tiempo” se presenta en el Museo Arocena hasta el 3 de octubre.

IMAGEN:

Agustín Lazo (1896-1971)
La pistola, 1943
Óleo sobre tela
73 x 57.5 cm

Colección Andrés Blaisten / Centro Cultural Universitario Tlatelolco

http://www.museoblaisten.com/v2008/indexESP.asp