viernes, 16 de julio de 2010

UN RETRATO BICENTENARIO

Hacia 1810, el ya debilitado imperio español de ultramar estaba a punto de colapsarse.  En los virreinatos americanos como la Nueva España, las autoridades locales y la población en general habían resentido los efectos de las nuevas reformas administrativas provenientes de la metrópoli, tales como el establecimiento de las encomiendas, la consolidación de los vales reales, el cobro de las alcabalas y las políticas regalistas que afectaron las propiedades eclesiásticas.  El ascenso al trono de los reyes de la dinastía Borbón y su despotismo ilustrado habían sembrado el descontento y la resistencia en estas tierras. Para colmo, la crisis de 1808 acentuó la distancia entre la metrópoli y los americanos, generando un vacío de poder que polarizó a las élites en este continente.
La sociedad novohispana, profundamente estamentaria, se organizaba en poderosas corporaciones civiles y asociaciones religiosas tales como los gremios, las universidades y las cofradías. De ahí que el género pictórico más practicado después de la pintura de contenido religioso fue el retrato. Los novohispanos daban  mucha importancia al linaje y al estatus, pero sobre todo reconocían al individuo como un reflejo del grupo al que éste pertenecía. Por lo tanto, es una constante que los retratados aparezcan rodeados de elementos de afirmación social tales como los detalles biográficos  plasmados en las cartelas y la elaborada heráldica.
Las reformas borbónicas influyeron también en el campo de las artes. El retrato -considerado como un “género menor”- no fue la excepción. Concretamente para el año de 1781 ya se había establecido en la ciudad de México la Academia de San Carlos, homóloga de la de San Fernando en Madrid. La Academia, a  través de sus cátedras de dibujo, grabado y arquitectura estaba encargada de divulgar el estilo artístico con el cual el nuevo régimen Borbón se identificaba: el neoclásico.
A principios del siglo XIX notamos algunas diferencias entre los retratos de orientación neoclásica y aquéllos de raigambre barroca. Sin embargo,  ambos estilos convivieron casi hasta el final de la guerra de Independencia. Si bien en ambos se representa a  una sociedad altamente jerarquizada, en el retrato académico esta noción se ve matizada hacia una consideración ilustrada, de mayor naturalidad, sobriedad y de individualización del retratado.   Estos cambios de estilo y de gusto también son reflejo de un cambio social: poco a poco las corporaciones novohispanas van cediendo paso a la presencia del individuo, del ciudadano.
El retrato que nos ocupa en esta ocasión, da cuenta de este cambio paulatino. En 1802 el presbítero Francisco Peláez fue nombrado sacristán mayor de la Parroquia de Santa Catarina Mártir, un templo ubicado en la esquina que forman las actuales calles de República de Brasil y República de Nicaragua, en el centro de la Ciudad de México. Como sacristán mayor, Peláez  tenía a su cargo asistir en el servicio del altar, custodiar los ornamentos, vestiduras y libros sagrados, así como la vigilancia de todos lo relacionado a la sacristía.
Peláez aparece representado de medio cuerpo, en postura de tres cuartos y portando una sotana oscura que alude directamente a su investidura eclesiástica. En la parte superior se observa el escudo imperial de la casa de Borbón.  El prelado está rodeado de los atributos relacionados a su condición de piadoso hombre de letras, como lo evidencia el libro entreabierto que sostiene en su mano derecha. Al fondo se observa un estante con varios volúmenes encuadernados en piel de los Cánones del teólogo Carbo Sebastiano Berardi, y en primer plano, sobre una mesa,  una escribanía de plata. Ambos advierten de la vocación de estudio que ostenta el presbítero. 
Es interesante hacer notar que aún cuando el retrato de Francisco Peláez roza ya el cambio de siglo –si el nombramiento fue en 1802, lo más probable es que esta obra haya sido pintada en ese mismo año o un poco después-  los cánones del retrato novohispano que operaron durante todo el siglo XVIII se mantienen casi inalterados.  A excepción tal vez de dos detalles: primero, la mayor expresividad en el rostro del presbítero, contrastante con la rigidez de su entorno; y segundo, la representación de medio cuerpo, cuando en la costumbre barroca se preferían retratos de cuerpo entero.
Aún así, el amaneramiento de las formas y el hieratismo de la representación podrían interpretarse como una reticencia al cambio, no sólo frente al nuevo estilo, sino también a las políticas provenientes de la Corona Española. Si consideramos que el retrato novohispano individual es reflejo de una identidad de grupo, éste podría ser un intento por parte de la Iglesia Católica de mantener intactos los privilegios de su propia corporación frente a una sociedad que poco a poco se iba secularizando.  
Ignoramos si el presbítero Francisco Peláez simpatizó o no con las ideas insurgentes, sin embargo, sí podemos especular en que siendo un sujeto letrado, debió de haberse mantenido informado de los aconteceres de su época.  
Este retrato bicentenario puede apreciarse en la exposición permanente “El retrato: nobleza y poder”, en la Sala de Arte Virreinal del Museo Arocena de Torreón, Coahuila. 

IMAGEN
Presbítero Francisco Peláez, sacristán mayor de la Parroquia de  Santa Catarina Mártir
Anónimo novohispano, hacia 1802
Óleo sobre tela
101 x 75 cm.
Museo Arocena/ Fundación E. Arocena