lunes, 15 de abril de 2013

METÁFORA VISUAL DEL ORO



A lo largo de la historia universal del arte, el oro ha sido relacionado con la riqueza y el poder; con lo solar y lo divino. En la tradición cristiana, este pensamiento tiene su antecedente en la filosofía neoplatónica durante la Edad Media. Fue el padre de la filosofía escolástica Santo Tomás de Aquino, quien relacionó la brillantez y luminosidad de lo áureo con la bondad y el resplandor de Dios. Este simbolismo favoreció la significación teológica del oro como material reflectante e incorruptible en la elaboración de obras pictóricas, escultóricas, retablos, vestimentas y objetos de culto.  En los relieves de los retablos y en los fondos de las pinturas, el oro literalmente  “materializaba” la presencia de lo divino parta recrear un espacio y un tiempo que no eran humanos sino metafísicos.

¿Y qué hay del simbolismo relacionado a la fortuna y al poder? La investigadora Janeth Rodríguez Nóbrega nos dice en su ensayo “El oro en la pintura de los reinos de la monarquía española. Técnica y simbolismo”, lo siguiente: “aunado a estas metáforas estéticas y teológicas se sumaron las nociones de prestigio y riqueza que el oro tenía como valor económico (…) de tal modo que, el cuadro, además de poseer funciones devocionales y de proporcionar placer visual, ejercía un rol propagandístico, en el cual se exteriorizaba la riqueza como un bien transmitido por Dios.” Es decir, cubrir de oro altares y retablos contaba con el beneplácito divino.

Por influencia de la alquimia entre los siglos XIV y XVI, al oro se le relacionó con cualidades como la perfección, la belleza y la pureza. Esta forma de pensamiento permaneció vigente durante gran parte del Renacimiento aún cuando tratadistas de la Italia del Quatrocento como el arquitecto León Battista Alberti comenzaron a cuestionar la aplicación del oro en el arte como metáfora de lo bello. En su lugar, se estimó como más meritorio por parte del artista el dominio de la técnica y las  cualidades ilusionistas en la representación de la realidad. Llegaba a su fin la concepción del espacio místico en la pintura.

La misma investigadora nos explica el cambio histórico que experimentó el simbolismo del oro en el arte después del Renacimiento: “el gusto por el dorado comenzó a ser juzgado como propio de las personas incapaces de apreciar las excelencias del arte, seres de baja condición que se dejaban deslumbrar por el efecto de preciosidad, brillo y ostentación.” Resultado: a partir del siglo XVII la presencia del dorado en la pintura se redujo drásticamente, aunque su predilección continuó en el mundo hispánico para retablos, objetos devocionales, litúrgicos y decorativos.

Del siglo XIX hasta nuestros días, si bien es aún es válida la metáfora del oro como manifestación de la riqueza y del poder, su utilización en el arte e incluso, la decoración,  se reviste de una suspicacia que esconde cierto dejo de desprecio ¿A caso no lo relacionamos hoy en día con la ostentación, la vulgaridad, el mal gusto y el exceso? ¡Qué lejos han quedado los días en que era sinónimo de belleza y de bondad, de lo divino y lo solar! Nuestras interpretaciones sobre los objetos cambian, aún cuando éstos, físicamente, permanecen. 

IMAGEN: Daniela Rosell. Ricas y famosas (Last Supper), 2002. C-Print. 30 x 40 pulgadas. Derechos reservados a la fotógrafa.