lunes, 14 de octubre de 2013

LO IRREVERSIBLE DE "EL CABALLITO"


Nos decía un profesor de la Licenciatura en Restauración que en la limpieza de bienes culturales: “más valía dejar una buena mancha que hacer un mal hoyo”. Es decir, que más valía dejar un poco de mugre en la superficie de una pintura de caballete –pongamos como ejemplo-, que seguir tallando y desgastando la obra como si quisiéramos llegar hasta la misma tela de soporte. El profesor quería advertirnos, de una manera muy coloquial, sobre la credulidad, la soberbia y el exceso de confianza, todo esto para no terminar “sacando el cobre” como le ocurrió a Arturo Javier Marina Othón, el infame artífice de la reciente intervención a la estatua del rey Carlos IV a la que todos llamamos “El Caballito”.

La intervención realizada por la compañía “Marina. Restauración de Monumentos” al amparo del Gobierno del Distrito Federal y el Fideicomiso del Centro Histórico, resulta a todas luces excesiva. Los profesionales de la restauración saben que bajo ciertas circunstancias hasta el agua destilada podría resultar dañina, no se diga un ácido nítrico en solución al 30% aplicado a una aleación de bronce de poco más de 200 años de antigüedad. Esto me parece hasta de mera prudencia y sentido común. Evidente que el señor Marina Othón desconoce ambas. Sin embargo, en su comunicado a la prensa nacional con fecha del 9 de octubre pasado, argumenta que sabe todo acerca de la intervención de monumentos urbanos en la ciudad de México, que cuenta con las credenciales que le da el ser un “apasionado de la Historia Patria” –así con mayúsculas, lo que ya nos da una idea de su concepto de historia-, y que sus métodos son los del escultor Ricardo Ponzanelli. Cito de su comunicado: “Ni todos los ‘especialistas de escritorio’ de los institutos y organismos relacionados con la preservación del arte en bronce superan la experiencia y sabiduría del apellido Ponzanelli.” ¡Toma ésa Instituto Nacional de Antropología e Historia!

Normalmente no me enfrasco en las discusiones sobre los temas del momento, pero ha sido tal la expectativa suscitada por este caso, que realmente me vi compelida a expresar mi opinión no tanto sobre la “limpieza” en sí del “El Caballito”, ni sobre las posibles responsabilidades de los involucrados, sino sobre el fenómeno de opinión alrededor del mismo: ¿Qué es lo que tanto nos molesta?  ¿La inexperiencia de la empresa contratada por el Fideicomiso del Centro Histórico? ¿Su falta de credenciales, la ausencia de permisos en regla, la complicidad de las autoridades? ¿Su acusado mal gusto y el desinterés de quienes lo vieron errar frente a sus propias narices? ¿La ausencia de criterios normalizados, el desprecio a la profesión del restaurador y lo irreversible del daño causado por una técnica errónea de intervención?  Me parece que es todo eso, y a la vez, nada de lo anterior. La incomodidad, la indignación y el cuestionamiento van más dirigidas a evidenciar el vacío dejado por una autoridad laxa y permisiva, más que a señalar la equivocación de un sujeto contratado por el mismo sistema. 

Siendo así, y a pesar de todo esto, mantengo un punto de coincidencia con el comunicado de prensa del señor Arturo Javier Marina Othón. En éste, cuestiona la indiferencia, desinterés e incluso elitismo de las mismas autoridades que lo han contratado, cito nuevamente: “(…) si como se especifica en la Ley Federal de Monumentos, corresponde al INAH e INBA la protección, conservación y restauración de monumentos, ¿DÓNDE HAN ESTADO ELLOS?” (Las mayúsculas son del documento original). 

En efecto, ¿dónde han estado? Concluyo que lo verdaderamente irreversible del caso,  es el daño infringido a la percepción pública sobre el desempeño de las autoridades culturales de nuestro país,  tan ausentes y abúlicas en otros asuntos, pero también tan sobrepasadas por la dimensión de sus amplias responsabilidades a nivel nacional. Como sea, resulta curioso que de repente hayan levantado la cabeza para hacerse presentes mediante una campaña de declaraciones y comunicados oportunos y expeditos ¿Qué sentido tendría apelar con tanta vehemencia en una controversia que ellos mismos provocaron con su propia ausencia? Mientras, "El Caballito" espera. 

Imagen: Cartón de Nerilicón para el periódico "El Financiero". 9 de octubre del 2013.